MALDITO DUENDE

Hé oído que la noche es toda magia, y que un Duende te invita a SOÑAR

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De Sueños Compartidos

Posted by Fernando Narvaez en agosto 14, 2005

Cuando la mañana de aquel domingo ella se despertó, notó que era mucho más temprano de lo habitual. Se había levantado con la sensación de que eran mucho más de las doce del mediodía. Se puso de pie de un salto y salió corriendo en dirección al baño, que por alguna extraña razón no estaba a la derecha de su cama sino hacia la izquierda. Se detuvo un instante y corrigió su orientación. Vio un espejo delante de ella y se preguntó quién lo habría puesto allí; notó su cuerpo desnudo frente a él y el reflejo le mostró que en la cama, debajo de la sábana delgada, se encontraba un hombre durmiendo. Sentía en sus piernas el temblor propio que da una noche de pasión descontrolada.

El reloj de la habitación marcaba las 8:23 de la mañana. No había dormido tanto, pero tenía en su cuerpo el cansancio que sólo el amor te puede dar. Un cansancio y un agotamiento que relajan.
La habitación olía a amor contenido, amor que había sido reprimido durante mucho tiempo por orgullo y que un buen día explota. Estalla contaminando y viciando corazón y pulmones, haciéndose tan extensivo que trasciende los límites impuestos por el propio cuerpo impregnando la atmósfera.

La sombra de la muerte oscureció su corazón otra vez. Pero esta vez, haciendo uso de las habilidades que sólo el amor le dio, la descartó de un soplido y, junto con ella, también desbarrancó su orgullo.

Jugó con sus ojos y los cerró muy fuerte. ¡Olores! Necesitaba olores. Olió sus manos y su piel. Su cuerpo y toda su ella, tenían su olor; el aroma que durante la última semana la había seguido por cada rincón de la ciudad en el que estuvo. En cada colectivo, en cada banco, en cada plaza, el olor de la piel de aquel hombre, ahora tendido en su cama, la había acompañado como parte de un recuerdo muy lejano, impuesto por ella misma.
Había soñado mucho tiempo con esa noche y por primera vez se sintió orgullosa de haber abandonado de una jodida vez su maldito orgullo.
Los recuerdos de un sueño casi real y muy fatigoso empezaban a llegar de a uno y a reunirse en su memoria. Conversaciones telefónicas cruzadas, patrullas, orgullos, patines, lágrimas, un viaje sin retorno, un tiro certero, un grito desgarrado y un ángel, trataban de alinearse ordenadamente en su cerebro.

Abrió los ojos y comenzó a recorrer la habitación. Él seguía durmiendo. Al costado de la cama yacía un pantalón de corderoy negro; un poco más alejado, se encontraba un par de zapatillas Topper de color blanco.

Quería despertarlo y decirle cuánto lo amaba y todo lo arrepentida que se sentía de haber vuelto a poner una barrera entre ellos.
Sentía la necesidad de despertarlo pero se sentía muy bien al saberse protectora de su sueño.
Se acercó a la cama y al ver su cara, su corazón se colmó de felicidad al volver a verla tan cerca. Le acarició la cabeza suavemente, lo besó en la frente y se fue al baño.

Él, por su parte, la observaba desde atrás de sus párpados disfrutando de la nueva oportunidad que tenían por delante.
Al escuchar la ducha no resistió la tentación de volver a sentir el cuerpo de ella pegado al suyo. Se metió en el baño y se acercó muy sigilosamente y, sin que ella se diera cuenta, la abrazó por detrás. Ella, cómplice de sus deseos, lo había visto por el reflejo de los azulejos y dejándose sorprender, se dispuso a escuchar muy atentamente lo que hacía mucho tiempo deseaba oír.

– ¡Te amo, Aurelia!
– ¡Y yo a vos, Eugenio!

Cuando se volvieron a mirar a los ojos, Eugenio Tallarico notó un dejo de preocupación en Aurelia Taborda.

– ¡No te preocupes! Estoy más vivo que nunca al lado tuyo. Tuvimos el mismo sueño.

La mañana del domingo 4 de septiembre de 1998, finalmente, a Eugenio Tallarico y a Aurelia Taborda, los sorprendió muy temprano. Víctimas de un mal sueño y cómplices en un sueño renovado. El sueño de volver a estar juntos tantas veces reprimido y postergado. El sueño de tenerse de una sentenciada vez juntos y para siempre.

Mientras se bañaban, un ángel invadía el ambiente expulsando los restos de ese sueño de dolor, desesperación y muerte.

Por el momento, llamémosle Milton.

Autor: Fernando Narvaez
Producción General: Gons

Viene de:
Eugenio Tallarico (1ª Parte)
Aurelia Taborda (2ª Parte)
Pablo Tallarico (Final Trilogía)

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Posted by Fernando Narvaez en julio 9, 2005

La mañana del sábado 3 de septiembre de 1998, a Pablo Tallarico lo sorprendió a las diez, un rato antes a cualquier sábado normal. Nunca imaginó que iba a ser el día más largo de su vida. Un día de poco menos que 72 horas.

A la una de la tarde llegaba su novia uruguaya. Lorena era una morena preciosa que le había arrebatado el pensamiento, el sentimiento y el corazón a pesar de la distancia. Se veían cada quince días, a veces una vez por mes. Pero ese día era muy esperado por él, porque además de la llegada de ella, el domingo cumplían dos años entre ellos y su trajín. Ése sábado pasarían toda la tarde juntos. Luego de una breve visita de Lorena a lo de los Tallarico, se irían a poner al día con sus deseos atrasados. Más tarde irían a celebrar, junto con Eugenio, el cumpleaños de Rodrigo, un amigo en común.

Alrededor de las dos de la tarde sonó el teléfono en lo de Pablo.

– ¡Hola!
– ¡Pablo, habla Aurelia!
– ¡Tripy! ¿Cómo estás?
– ¡Bien, Negrito! Perdóname ¿Eugenio está?
– No, se fue a jugar al fútbol
– Sí, lo imaginé
Yo me estoy yendo, hasta la noche no lo veo, pero vuelve en un rato ¡LLAMALO!
– Ok, Pablo, te mando un beso y ¡Gracias!
– Otro para vos

A las cuatro de la tarde Pablo y Lorena se fueron a recorrer la ciudad. El tiempo lo fueron degustando entre abrazos, besos y caricias constantes. Cada encuentro era una expresión de testosterona y feromonas danzantes entre sus cuerpos, se amaban y se enamoraban cada vez más. Habían aprendido a ganarle a la distancia.

Así fue que, entre besos y caricias, Pablo se acordó del cumpleaños de su amigo. Eran las diez de la noche y había quedado con Eugenio en que lo pasaría a buscar con el auto alrededor de las ocho y media. Cuando llamó a la casa hacía una hora que el hermano se había ido. “Cuando lo veas a Eugenio, decile que lo llamó La Tripy” le dijo la madre.

El cumpleaños se festejaba en un bar del barrio de La Recoleta. Cuando Pablo y Lorena llegaron eran pasada las once. Eugenio ya estaba hacía un rato en el lugar.

– ¡Está bien, mono! Dejá que vengo solo – Le dijo Eugenio con sorna
¡Perdóname, me colgué! No me di cuenta de la hora
– ¡Andá a cagar, boludo! ¡Está todo bien! Te entiendo
– Igual tengo un regalo para vos
– dijo Pablo esbozando una sonrisa – hoy a la tarde te llamó Aurelia y hace un rato, cuando hablé con “La Vieja”, me dijo que te avise que había llamado La Tripy. O sea La Tripy es igual que Aurelia, con lo cual, te llamó dos veces en el mismo día.
– ¿De verdad me decís?
– ¡Claro salame! ¡Andá a llamarla!
– ¡Ya vuelvo!

“Mi hermano es un pollerudo pero ¡cómo lo entiendo!” le comentó Pablo a Lorena mientras le arrebataba otro beso.

Cuando Eugenio volvió, decepcionado por cierto, comentó que no la había encontrado pero que la llamaría al día siguiente.

La noche pasó entre copas, música y baile. El desparpajo de Eugenio y Rodrigo le había hecho ganar, a su mesa, unas cuantas consumiciones sin cargo.

Cuando la velada se consumía y los primeros rayos de sol arremetían contra los ventanales del lugar, decidieron emprender la vuelta.

– Vamos Euge que te alcanzamos – dijo Pablo – nosotros después nos vamos a dormir por ahí
– No Pablín, dejáme caminar y tomarme un bondi que quiero pensar
– ¿La Tripy?
– ¿Y qué te parece? Hace dos años que no sé nada de ella y en un día me llamó dos veces.
– Bueno, como quieras, pero aunque sea te alcanzamos hasta Avenida Las Heras
– ¡Dale!

Al llegar a la avenida se despidieron con abrazos, besos y con la promesa de comer un asado tardío en lo de los Tallarico en honor a Lorena.

Cuando Eugenio llegó a la parada del colectivo en Parque Las Heras, había dos hombres esperando.

Pablo y Lorena hicieron cuatro cuadras con el auto y se cruzaron con tres coches policiales en dirección contraria. “¿A quién perseguirán?” – se preguntó Pablo.

En ese momento sintió una presencia fría en el auto. Miró por el espejo retrovisor y no vio a nadie. Al instante escuchó una voz

– ¿Por qué no vas a buscar a tu hermano?
– ¿Vos hablaste?
– le preguntó a Lorena – me pareció escuchar una voz que me decía algo de Eugenio
– Estás cansado, mi amor y hemos bebido bastante
– ¡Tenés razón, perdóname!
– ¡No me preguntes quién soy!
– volvió a decir la misma voz – ¡No pienso contestar siempre la misma pregunta! Pero ¡Andá por tu hermano!

Pablo clavó los frenos y giró en dirección contraria sin saber qué hacía ni por qué; su novia al lado quedó perpleja ante la maniobra inesperada. Una extraña percepción se apoderó de él. Hicieron diez cuadras y frente al parque se encontraron con el peor espectáculo de sus vidas.

Las tres patrullas estaban de frente a una parada de colectivo; unos metros más adelante, ya en el césped, yacían tres cuerpos. Dos de ellos estaban muertos, el tercero agonizaba.

Al parecer una de las balas tenía labrado el nombre de Eugenio Tallarico, la misma se le había incrustado en el pecho destrozándole los pulmones y lastimándole el corazón.

Cuando Pablo llegó a su lado, Eugenio estaba aún con vida. Llorando lo tomó de la mano.

-¿Qué pasó?
– Nunca te pedí disculpas por lo del tobogán
– ¡Qué decís, boludo!
– ¡Mandále un beso a Los Viejos!
– ¡Callate! No hables que ya vienen los médicos
– No hay tiempo, Pablín. Ya no estoy. Decile a La Tripy que siempre la amé y que no voy a dejar de hacerlo. Aunque se lo tendría que haber dicho antes

Fueron las últimas palabras de Eugenio. Pablo no se apartó de su hermano. Unos metros más atrás, Lorena lloraba de rodillas.

Para Pablo Tallarico la mañana del sábado terminó recién el lunes, cuando a las diez de la noche su cuerpo lo tiró contra el colchón. Nunca dejó de sentirse culpable por no haber llevado a su hermano. Nunca comprendió que Eugenio había terminado de escribir su historia personal. Eugenio ya no pertenecía a este mundo.

Lorena no volvió a Uruguay. Se quedó con Pablín

Fernando A. Narvaez 

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Posted by Fernando Narvaez en julio 1, 2005

Hacía una semana la nostalgia le marcaba el ritmo en el corazón y en la cabeza. Se sentía angustiada. Los momentos vividos con Eugenio se le repetían incesantemente, como un martillo neumático que pretende penetrar en el asfalto. Ella era eso, asfalto, duro y virgen, nunca un colectivo le había arrojado su peso ni la había manchado con gasoil. Su orgullo, torpe por supuesto, la había convertido en una roca. Siempre se sintió desprotegida ante la posibilidad de que su boca dijera “¡Te amo!”

Prefería la indignidad de la soledad ante la majestuosidad del amor correspondido y compartido. Todo por no querer asumir sus sentimientos.

Esa semana, los recuerdos estaban por ponerla de cara al mayor arrepentimiento de su vida.

Se habían conocido en el colegio primario. En un recreo él pateó una pelota de papel envuelta en una media y fue a dar de lleno en la cabeza de Aurelia. Por más insultos que ella le propinó, ya era muy tarde. Sus ojos se habían cruzado.

Aurelia era compañera del hermano menor del futbolista. Pablo siempre fue el nexo entre ambos. El tiempo pasó y con él fueron creciendo.

Durante los últimos días la "Tripy” pensaba todo el tiempo en la noche del 1º de agosto de 1987. esa noche había ido con los hermanos Tallarico y unos cuantos amigos más a patinar sobre hielo. Todo iba bien para ellos hasta que Pablo gritó: “Euge, la Tripy no sabe patinar sobre hielo ¿le enseñás?” – “¡¿Yo?!” – dijo Eugenio – “Sí, vos, TA-RA-DO ¡Enseñále!” – replicó Pablo.

Eugenio tembló de pavor por primera vez en sus 17 años cuando Aurelia lo tomó de la mano. “¡Dale, enseñáme!” – susurro la Tripy.

No patinaron. Flotaron. Hasta que la Tripy, fingiendo tropezarse, quedó arrinconada por él contra la baranda. No hubo tiempo para preámbulos. Mientras se miraban, él intentó decir: – “¡Te quiero!” – ella trató de responderle – “¡Yo también!” Fue el beso más caliente que se haya dado sobre una pista de hielo. Volvieron caminando todo el tiempo de la mano, y todo gracias a Pablo.

Si bien estuvieron separados mucho tiempo a intervalos regulares, los dos se consideraban novios eternos. Las distancias siempre tuvieron, como factor común, al orgullo. Cuando alguno de los dos se sentía demasiado expuesto daba un paso al costado. Ya era una constante.

La última distancia la había impuesto ella. Eugenio había tratado de acercarse y Pablo intentó mediar. Ella no lo permitió. Esa semana, Aurelia empezaba a flaquear, a sentirse vacía sin él. Pero no iba a permitirse caer en la tentación. Los recuerdos se le agolpaban y con ellos, una angustia que le era totalmente inesperada e insoportable. Ella sentía que debía ser más fuerte que la sonrisa que le quitaba cada momento revivido en su corazón.

El sábado se despertó con la necesidad de sentir su abrazo. Sabía por Pablo que Eugenio no estaba solo. No le importó y llamó a la casa. Pablo le dijo: “Yo me estoy yendo, hasta la noche no lo veo, pero vuelve en un rato ¡LLAMALO!”. Se sintió decepcionada y con bronca. “No lo llamo ni en pedo” se dijo. Dio vueltas por su casa todo el día como anestesiada. No coordinaba. La lucha entre su corazón y su cabeza era incesante. Por un lado su amor, por el otro, su orgullo.

Se hicieron la nueve de la noche y levantó el tubo del teléfono. Atendió la madre:

– ¡No, mi amor! Recién salió para encontrarse con Pablo. Hace dos minutos se fue. ¿Cómo está tu Familia?
– Bien, gracias. ¿Le avisa que lo llamé?
– ¡Sí, querida! ¿Cómo no hacerlo? Vos sabés que él te quiere mucho
– ¡Yo también, por eso lo llamo!
– Dijo Aurelia sin poder contener la emoción
– ¡Ojalá se pusieran de acuerdo!
– Un beso y saludos a Beto

Aurelia llamó a su amiga Belén y se fue a tomar algo con ella por ahí. Cinco minutos más tarde, Eugenio le respondía el llamado. Aurelia se enteró del mismo cuando llegó a su casa y vio una nota de su madre: “Te llamó Eugenio. Mañana te llama. Mirá que nos vamos temprano a la quinta. Un beso, Mamá”

La mañana del domingo 4 de septiembre de 1998, a Aurelia Taborda la sorprendió a las doce del mediodía envuelta en un sudor frío y con una terrible pena en el corazón. Cuando consultó la hora y vio que ya era demasiado tarde para su domingo familiar, un escalofrío le recorrió la espina dorsal. “¡Algo pasó!” – pensó. El presentimiento de algo trágico dormía acurrucado a los pies de su cama. Se levantó y fue a la cocina. Cuando vio la cara de su padre y las lágrimas de su madre, no tuvo que pensar demasiado:

– ¡Eugenio! ¿Qué le pasó a Eugenio?
– Pablo llamó hace una hora
– dijo su madre tratando de calmarla – dijo que lo habían encontrado muerto en una plaza.

Al escuchar la palabra “muerto”, la Tripy se desmayó.

Cuando recuperó el conocimiento estaba acostada en un sillón mientras un médico le tomaba el pulso y le aconsejaba reposo. No hubo fuerza ni poder, natural o no, en el mundo capaz de detenerla. Tenía que ir a su casa y obligó a su padre a llevarla. Eran casi las cuatro de la tarde y Aurelia, con un par de lágrimas en los ojos, miraba sin ver a través de la plaza, deshaciendo el camino que él siempre hacía en diagonal atravesando el parque para tocarle el timbre.

Sintió que si no hubiera sido por su orgullo, tal vez hoy, Eugenio estaría con ella “¿Por qué di tantas vueltas?” Nunca comprendió que en esta vida, si es que existe otra, no era el momento de ellos. Que las cosas se dan porque deben ser así y que en la vida estamos para aprender todo el tiempo. A veces las lecciones son más que duras. Ahora Aurelia entendió que su orgullo solo le sirvió para provocarle el dolor más grande de su vida. Ella comprendió en esa semana, qué era lo que quería. Quería a Eugenio. Lo bueno es que lo supo antes de perderlo definitivamente. Lo malo fue que el orgullo, la casualidad y el destino le impidieron tomarlo.

Más allá de las ocho de la noche, sintió que una presencia invadía la casa de los Tallarico. Siguió con la mirada, sin ver, un punto en el espacio. En ese momento escucho su voz:

Eugenio siempre te amó y no va a dejar de hacerlo, es una lástima que ninguno de los dos lo haya dicho antes.
– ¿Y vos quién sos?
– Eso no importa ahora. Por el momento no volverás a verme

Fernando A. Narvaez 

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Posted by Fernando Narvaez en junio 24, 2005

La mañana del domingo 4 de septiembre de 1998, a Eugenio Tallarico lo sorprendió a las tres de la tarde. No tenía claro cuánto había dormido. El cuerpo le zapateaba un malambo en el alma y la cabeza le repicaba como un bombo. Trató de entender de qué forma había llegado hasta aquel parque, pero toda su noche anterior, solo se le hacía presente en forma de “polaroids”, en instantáneas de sentimientos. Intentó deshacer sus pasos pero le resultó imposible. Acarició el recuerdo de las risas de su hermano Pablo y de sus amigos. “¿Dónde estaría Pablo en este momento?” – pensó.

El reloj le marcaba las tres y cuarto de la tarde. Entre mareo y resaca recordó que a las cuatro de la tarde jugaba su River Plate amado. Comenzaba a reconocer el lugar en el que estaba y le pareció que estaría muy bien ir al bar donde siempre se juntaba con sus amigos y su hermano a ver al Millo. Al llegar vio que no había nadie y que el partido tampoco lo estaban pasando. “¡Cierto que se pasó para el martes!”

La primavera venía asomando su hocico en forma de rayos de sol templados. El día estaba hermoso para caminar toda la tarde. Agarró su celular y se dio cuenta de que no le quedaba batería. “¿¡Para que mierda tengo esto!?” – masculló entre dientes, mientras se disponía a buscar un teléfono público para avisar en su casa que no llegaría hasta la noche.

Empezó a caminar decepcionado por no haber encontrado a sus amigos, pero reconfortado por aquel sol primaveral. Se sentía liviano, no tenía hambre y se dedicó un tiempo para pensar. Se acordó de Aurelia, su novia de toda la vida. Él tenía 28 años y la conocía desde los 8. Hacía dos años que no se veían ni se hablaban. Nunca tuvieron en claro por qué. Sin darse cuenta empezó a caminar en dirección de su casa. “¿Y si le toco el timbre? ¿Qué puedo perder? ¡Peor no puedo estar!”

La “Tripy”, así se llamaban entre ellos, vivía enfrente de una plaza en la zona de La Paternal. Eugenio encaró rumbo a su casa desde el rincón opuesto de la misma, cruzándola en diagonal y la vio cuando subía al auto de su padre. Un segundo antes, ella miraba sin ver a través de la plaza, directamente por donde él se acercaba. Eugenio notó, o quiso creer, que de sus ojos brotaban lágrimas. Su corazón fue invadido por la pena y la desazón. La Tripy se subió al auto y se alejó.

Él sabía que los domingos familiares de Aurelia eran sagrados, al mismo tiempo recordaba que esos días, arrancaban mucho más temprano. Se preocupó y decidió esperarla.

Nunca se imaginó que jamás la volvería a ver en esa plaza.

Para hacer tiempo fue hasta la casa de su tía Chiny, “No estaría mal tomar unos mates con los primos y llenar el estómago”

Pero al llegar, vio que tampoco estaba su auto. Tocó el timbre en el viejo caserón, solo aulló su respuesta el viejo Tantor, el mastín de su primo.

Volvió a la plaza decepcionado. Sus amigos no estaban en el bar, la Tripy se había ido en familia y sus primos no estaban. “¡Pablo! ¿Dónde estaba Pablo?”

Sentado en un banco y viendo jugar a los chicos, los recuerdos se le cayeron de la estantería más alta de la biblioteca de la memoria. Recordó sus tardes con Beto, su padre, y con su Pablo del alma. Su padre siempre los llevaba a jugar a la pelota. Hacía un par de años se habían mudado, pero en ese parque habían crecido.

El tiempo fue pasando rodeado de emociones, de risas y de goles convertidos entre los dos árboles que hacían las veces de arco. Se le insertó en la memoria la época en que Pablo, estuvo internado tres días en observación después de que él lo hubiera tirado del tobogán, haciéndole pegar la cabeza contra el piso. Pablo había perdido la conciencia y lo habían hospitalizado de urgencia a los 7 años. La culpa se hacía presente a cada instante en su cabeza y en su corazón. Siempre era igual y lo invadió un extraño sentimiento. “¿Dónde estaba Pablo ahora?”

Cuando aquel hombre se sentó a su lado eran más de las 20. “Hace más de tres horas que estás acá sentado” – le dijo el sujeto. El tipo estaba sentado junto a él hacía más de dos horas, su presencia Eugenio no la notó hasta que lo escuchó. Su voz le dio una mezcla rara de sentimientos: por un lado le infringió nerviosismo, pero por el otro, absoluta calma. “¡Estoy esperando a la Tripy!” – le respondió Eugenio con un asomo de lágrimas en los ojos. “No es éste ni el momento ni el lugar donde vas a volver a verla ¿No es tiempo de que vuelvas a tu casa?

Eugenio no entendió cómo ni por qué, pero se levantó y comenzó a caminar rumbo a su casa. Se había mudado pero a unas 15 cuadras. El corazón empezó a latirle con fuerza. Esa voz le había despertado malos presentimientos.

Las malas noticias circulan con la fuerza de un huracán. Los pies no le daban respuesta y al llegar a la vuelta de su casa, oyó a una vecina que le decía a otra: “¡Lo del chico Tallarico es terrible! ¡La familia está destrozada! Dicen que lo encontraron muerto en un parque, pero no sé bien qué fue lo que pasó”

“¿¡PABLO!? ¡NOOOOOO!”

Corrió sin llegar jamás, esas dos cuadras no pasaron nunca. Los recuerdos se le agolpaban. Y, otra vez, LA CULPA “¿Cómo no pude quedarme con él anoche? ¿Qué le había pasado?”

Se sentó a dos puertas de su casa y lloró. No quería entrar. Pablo estaba muerto y él no había aparecido en todo el día ¿Qué le diría a su familia? Vio que estaba el auto de la Tripy y el de su tía Chiny. Escuchó las voces de sus amigos en el jardín de su casa.

– “¡Tenés que ver la realidad!” – le dijo la misma voz de la plaza – “Entremos, yo te acompaño”
– “¡No quiero ver a mi hermano muerto!
– “¡Vamos!”

El hombre lo tomó del brazo, lo ayudó a levantarse y lo condujo hasta la puerta de su casa.

No miró a nadie, fue directo a la habitación donde estaba su hermano, solo Aurelia lo siguió con la mirada.

Tomó aire frente a la puerta y sintió el aroma de las flores que se escapaba del recinto. Respiró hondo y entró.

El corazón le dio un vuelco. Pablo estaba allí llorando. Lloraba de rodillas junto al cajón. Eugenio comprendió todo. Fue el momento más feliz de su muerte, Pablo estaba bien. Lo invadió la PAZ y la culpa se desvaneció, lo besó en la cabeza sin que su hermano lo notara y se fue.

Afuera todo el mundo estaba triste, solo una persona lo miraba sin verlo

– Siempre te amó y no va a dejar de hacerlo, es una lástima que ninguno de los dos lo haya dicho antes – Le dijo, otra vez ese hombre
– ¿Y vos quién sos?
– Por ahora, llamáme Milton.

Fernando a. Narvaez 

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