MALDITO DUENDE

Hé oído que la noche es toda magia, y que un Duende te invita a SOÑAR

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Posted by Fernando Narvaez en diciembre 14, 2007

En el barrio de Villa Urquiza, a la altura de Triunvirato y Monroe, funciona una academia de ángeles. La misma, como es de imaginar, no se ubica donde nosotros pisamos, sino en una nube que, curiosamente, permanece como estacionada en el cielo porteño. Poco somos los que hemos reparado en la presencia fija de dicha nube. Si vas por el barrio, no te esfuerces en levantar la mirada hacia el cielo, ella sólo se presenta ante los ojos de determinadas miradas muy cuidadosamente seleccionadas. Lamentablemente no puedo decirte cuáles son los requisitos que hay que cumplir para ser observador de lujo, en mi caso, sólo puedo atestiguar que hace poco más de dos años, se me presentó un ángel cuidadosamente ataviado y me trajo al amor de mi vida. Desde ese entonces puedo ver la nube de manera clara y concreta.
El ángel dijo que su nombre era Joani y que su función consistía en continuar la obra que un tal Cupido había comenzado mucho tiempo atrás. Tuve varias oportunidades de hablar con él en las cuales, siempre, le agradecí el hecho de haberle proporcionado a mi vida la posibilidad de poder realizar un cambio tan radical. Él me dijo que lo único que dependía de él, era el hecho de dos flechazos certeros y en el momento justo. Sin duda fue lo que pasó con la mujer que amo y me ama.
Pero más tarde y con varias charlas de por medio, supe que la historia de Joani no siempre contó con tremenda efectividad. Al principio no todo fue tan fácil, al menos es el caso que el mismo Joani nos cuenta, en detalle, a continuación
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Mi nombre es Joani, soy un ángel que se acaba de recibir en la U.A.V.U. (Universidad Angelical de Villa Urquiza). Para ser preciso y no pecar de vanidoso, mi graduación no fue, precisamente, con lo que se denomina “honores”. Mi orientación específica es la del amor, tarea que podría resumirse en tres pasos fundamentales: el primero es el de la selección de los futuros enamorados (en adelante las víctimas), el siguiente ítem es el de calcular el momento justo para que sus miradas se junten de forma tajante y contundente, el tercer y último escalón está regido por el lanzamiento de dos flechas que penetren los corazones de las víctimas al mismo tiempo.
Me mandaron a la Tierra por primera vez hace unos diez años, el objetivo: unir a dos personas en el amor. Pero claro, era mi primer trabajo y lo completé de la mejor manera posible.
Lo primero que tenía que hacer era identificar a las víctimas, si bien me habían dado un informe completo de ambos (ocupación, gustos, parejas o amantes estables e inestables, tiempo de soledad o no, preferencias musicales, cantidad de veces que se bañaban al mes, etc) no me dieron la ubicación geográfica precisa de donde podía hallarlos; después de mucho vagar los encontré.

Él trabajaba en una compañía que se encargaba de la distribución de materiales eléctricos, su tarea era la de recibir los pedidos que las casas de electricidad, ferreterías y demás almacenes de ramos generales, solicitaban vía telefónica o por correo electrónico.
Ella era la hija del dueño de una empresa del ramo minorista de materiales eléctricos; “Corriente Alterna” era la cadena más importante de la Argentina, con más de 25 locales ubicados en todo el país. Nuestra amiga era la encargada de abastecer a todos los locales, con lo cual llamaba a todos los distribuidores para hacer los pedidos, ni bien escuché sus voces supe que eran ellos.
Lo primero que tenía que conseguir, era que sus voces les llamaran la atención a ellos mismos, tenía que tratar de extender sus breves charlas, que por aquel entonces no duraban más de 2 ó 3 minutos; tan sólo lograra aquello, ellos solos se iban a encargar de ir traspasando los límites que tenían impuestos por la distancia, después mi trabajo consistiría en monitorearlos periódicamente para que no se descarrilen.
Como toda persona que practica tiro con arco, nosotros también contamos con un carcaj en el cual depositamos nuestras flechas embadurnadas en pociones mágicas para el amor. Al mismo tiempo, contamos con uno un poco más pequeño donde colocamos unas saetas más pequeñas (en adelante “miniflechas”) que nos sirven para realizar tareas de menor calibre pero que influyen directamente en el resultado final. Para extender estas charlas fue que lancé mis primeras dos miniflechas.  ¡Di en el blanco! Entonces Germán le dijo:

– ¡Esto es una injusticia! Vos sabés mi nombre y yo no conozco el tuyo.
– Poly – le respondió ella muy dulcemente

Para él fue como un baldazo de agua fría, ése no podía ser su nombre, esa tenía que ser la manera en que la llamaban sus allegados y a él le encantó que lo incluyera en esa lista. Las charlas comenzaron a extenderse (como estaba planeado) y él, jugando al viejo truco de ocultar la desesperación que le despertaba la voz al otro lado de la línea, apostó un poco más…

– ¿Por qué no me llamás a casa? 4542-….

Y ella, que tiene como premisa la frase que dice: “haz lo que quieras, igual hablarán mal de ti”, lo llamó.
El primer límite había sido traspasado, comenzaron a hablar en horarios que no eran habituales y las charlas se extendían a más de lo normal, mientras tanto yo debía seguir lanzando miniflechas para seguir llamando la atención de cada uno en el otro.
Fueron conociendo aspectos de sus vidas que en el trabajo no podían manifestarse, a él le había llamado la atención su risa fresca y clara, espontánea y gentil. A ella le encantaba la forma en que él la hacía reír. Él venía, como todos, de un par de decepciones engañosas, le contó de la muerte de su padre cuando era muy joven y de alguna novia perdida. Ella le contó que vivía con la madre y la hermana en la zona de Caballito, le contó también de algún que otro novio. Él sentía que había algo que ella le ocultaba, pero no le importaba. Habían pasado un par de meses y él todavía no tenía su teléfono y nunca le gustó llamar a nadie que no se lo hubiera dado personalmente.

– Cuando me des tu teléfono me voy a dar cuenta que está todo bien – le decía.

Las charlas dependían de ella, de su llamado. A ella siempre le gustó manejar este tipo de situaciones y a él – ¿por qué no admitirlo? – lo seducía la idea de sentirse buscado por ella sin tener que andar siguiéndola.
Las charlas iban surtiendo efecto a tal punto de que se extrañaban cada vez más. Fue en ese momento que decidí lanzar las miniflechas del encuentro. Ya era hora…

Fernando A. Narvaez

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