MALDITO DUENDE

Hé oído que la noche es toda magia, y que un Duende te invita a SOÑAR

De Sueños Compartidos

Posted by Fernando Narvaez en agosto 14, 2005

Cuando la mañana de aquel domingo ella se despertó, notó que era mucho más temprano de lo habitual. Se había levantado con la sensación de que eran mucho más de las doce del mediodía. Se puso de pie de un salto y salió corriendo en dirección al baño, que por alguna extraña razón no estaba a la derecha de su cama sino hacia la izquierda. Se detuvo un instante y corrigió su orientación. Vio un espejo delante de ella y se preguntó quién lo habría puesto allí; notó su cuerpo desnudo frente a él y el reflejo le mostró que en la cama, debajo de la sábana delgada, se encontraba un hombre durmiendo. Sentía en sus piernas el temblor propio que da una noche de pasión descontrolada.

El reloj de la habitación marcaba las 8:23 de la mañana. No había dormido tanto, pero tenía en su cuerpo el cansancio que sólo el amor te puede dar. Un cansancio y un agotamiento que relajan.
La habitación olía a amor contenido, amor que había sido reprimido durante mucho tiempo por orgullo y que un buen día explota. Estalla contaminando y viciando corazón y pulmones, haciéndose tan extensivo que trasciende los límites impuestos por el propio cuerpo impregnando la atmósfera.

La sombra de la muerte oscureció su corazón otra vez. Pero esta vez, haciendo uso de las habilidades que sólo el amor le dio, la descartó de un soplido y, junto con ella, también desbarrancó su orgullo.

Jugó con sus ojos y los cerró muy fuerte. ¡Olores! Necesitaba olores. Olió sus manos y su piel. Su cuerpo y toda su ella, tenían su olor; el aroma que durante la última semana la había seguido por cada rincón de la ciudad en el que estuvo. En cada colectivo, en cada banco, en cada plaza, el olor de la piel de aquel hombre, ahora tendido en su cama, la había acompañado como parte de un recuerdo muy lejano, impuesto por ella misma.
Había soñado mucho tiempo con esa noche y por primera vez se sintió orgullosa de haber abandonado de una jodida vez su maldito orgullo.
Los recuerdos de un sueño casi real y muy fatigoso empezaban a llegar de a uno y a reunirse en su memoria. Conversaciones telefónicas cruzadas, patrullas, orgullos, patines, lágrimas, un viaje sin retorno, un tiro certero, un grito desgarrado y un ángel, trataban de alinearse ordenadamente en su cerebro.

Abrió los ojos y comenzó a recorrer la habitación. Él seguía durmiendo. Al costado de la cama yacía un pantalón de corderoy negro; un poco más alejado, se encontraba un par de zapatillas Topper de color blanco.

Quería despertarlo y decirle cuánto lo amaba y todo lo arrepentida que se sentía de haber vuelto a poner una barrera entre ellos.
Sentía la necesidad de despertarlo pero se sentía muy bien al saberse protectora de su sueño.
Se acercó a la cama y al ver su cara, su corazón se colmó de felicidad al volver a verla tan cerca. Le acarició la cabeza suavemente, lo besó en la frente y se fue al baño.

Él, por su parte, la observaba desde atrás de sus párpados disfrutando de la nueva oportunidad que tenían por delante.
Al escuchar la ducha no resistió la tentación de volver a sentir el cuerpo de ella pegado al suyo. Se metió en el baño y se acercó muy sigilosamente y, sin que ella se diera cuenta, la abrazó por detrás. Ella, cómplice de sus deseos, lo había visto por el reflejo de los azulejos y dejándose sorprender, se dispuso a escuchar muy atentamente lo que hacía mucho tiempo deseaba oír.

– ¡Te amo, Aurelia!
– ¡Y yo a vos, Eugenio!

Cuando se volvieron a mirar a los ojos, Eugenio Tallarico notó un dejo de preocupación en Aurelia Taborda.

– ¡No te preocupes! Estoy más vivo que nunca al lado tuyo. Tuvimos el mismo sueño.

La mañana del domingo 4 de septiembre de 1998, finalmente, a Eugenio Tallarico y a Aurelia Taborda, los sorprendió muy temprano. Víctimas de un mal sueño y cómplices en un sueño renovado. El sueño de volver a estar juntos tantas veces reprimido y postergado. El sueño de tenerse de una sentenciada vez juntos y para siempre.

Mientras se bañaban, un ángel invadía el ambiente expulsando los restos de ese sueño de dolor, desesperación y muerte.

Por el momento, llamémosle Milton.

Autor: Fernando Narvaez
Producción General: Gons

Viene de:
Eugenio Tallarico (1ª Parte)
Aurelia Taborda (2ª Parte)
Pablo Tallarico (Final Trilogía)

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