MALDITO DUENDE

Hé oído que la noche es toda magia, y que un Duende te invita a SOÑAR

Archive for 31 agosto 2005

Autocrítica

Posted by Fernando Narvaez en agosto 31, 2005

A ver. ¿Cómo te explico? La verdad, es mucho más fuerte que yo el hecho de que te quedes mirando el agua desde el puente y no ser parte del río que fluye y se pierde en tus deseos. Pero está bien, es una puta condición humana la que nos hace buscar constantemente la paja en el ojo ajeno. Me ha pasado, por eso te lo digo. Durante un tiempo muy prolongado de mi vida me enfermé por celos, sentía que perdía a la mujer que había elegido y lo primero que hice fue creer que había un sorete que me la quería cagar. Predispuse mi corazón de manera tal que lo único que sentía era que ella se predisponía para con el sujeto.
El mundo conspiraba contra mí, estaba aislado por la propia masa crítica y humana que me despojaba de ropas y me dejaba en bolas tirado en un rincón, llorando por supuesto y renegando contra esas dos personas que lo único que querían era cagarme la vida.
En una de esas noches de desvelo, de perdición y de excesos, apareció uno de esos viejos que siempre está en el bar a las mejores horas y en los peores momentos y, mientras le vomitaba mi desgracia y la hijaputez a la que estaba sometido me dijo: "A vos lo que te falta es autocrítica, pibe". Fue lo único que recuerdo de esa noche. ¿Qué me había querido decir aquel viejo?
Hasta que entendí.

Hacía mucho tiempo que mi actitud había cambiado para con ella, me encontraba todo el tiempo pensando en el laburo y en la falta del mismo. La plata. El auto. La luz. El gas. El etc…
Me había olvidado de la flor, del beso en el momento justo, del abrazo que abraza y calienta, de la mirada cómplice y de contención. Pequeñeces que, obviamente, yo creía insignificantes. Las pequeñas cosas. Y no sólo estuvo el olvido, con él vino también la subestimación hacia ella que es uno de los peores males que existe.
De más está decirte que ya era tarde. Muy tarde.

Jamás me había hecho cargo de mis errores, había determinado de manera contundente, que mi mujer (a esa altura no me salía llamarla novia) era una guacha que me quería cagar. Ni hablar del otro tarado, que lo único que hacía era mearme la plantita que yo había hecho crecer, en principio, con tanto amor; más tarde, con una buena dosis de monotonía, falta de ideas y subestimación.

Esto pasa fundamentalmente por la rutina a la que me sometí, me acostumbré a que ella estuviera ahí para hacerme la comida, lavar mi ropa y todas las cosas que hace una verdadera ama de casa. Nunca quise entender que ella también trabajaba y que se merecía el descanso tanto como yo. Jamás me di cuenta que podía halagarla con una comida, aunque fuera un paty, con un vaso de agua extendido a su mano cuando el cansancio la aturdía. Perdí y seguí perdiendo.

Pero lo peor que sentí en ese momento fue el miedo.
Miedo a perderla, a que encuentre en otra piel y en otros labios los besos y las caricias que en un principio supo tener conmigo. Me paralizó, hizo que me entregue y me dormí. Cocodrilo que duerme, nene, es cartera.
Encontró beso, piel, abrazos, palabras dichas en el momento justo, falta de rutina y, sobre todo, libertad. La dejaron ser ella misma y la dejaron crecer.

Hoy me duele por mi ceguera del momento, pero me siento bien porque la sé feliz. No sé si con aquel tipo o con otro, no interesa demasiado, el caso es que esta más bella, radiante y nada jodida. Y créeme que, aunque la perdí, me hace bien saberla completa y plena.

Pero ¿sabés qué? Aprendí. Crecí. Soy un mejor tipo. Hoy mi realidad también es otra. Amo a la mujer que amo. Juego con ella, me divierto. La agasajo. Dejo la rutina para los que no la vivieron y tienen que sentirla para perder y, con esa pérdida, aprendan y crezcan y sean mejores tipos. Que es precisamente lo que me permito con ésta mujer, ser un mejor hombre cada día.

Conocí a mi autocrítica y me senté a charlar con ella largo y tendido. Llegamos al acuerdo de que cada vez que me vea dormirme me va a pegar un buen tirón de orejas.

Nada más.

Fernando A. Narvaez

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Vos y Yo

Posted by Fernando Narvaez en agosto 26, 2005

Estuvimos a punto de dejarnos ir, de permitirnos pasar desapercibidos. Pero no fue así. Vaya uno a saber qué clase de fuerzas intangibles y poderosas nos desmembraron las estructuras previamente ensambladas; a veces con certeza y precisión de relojería, y otras, tan equivocadas y provocadas por nuestras propias limitaciones. Éstas fuerzas te habían traído hasta mis rutinas claramente delineadas por mi egocentrismo. Vos andabas con proyectos, una carrera, una ciudad y un mundo deliberadamente apartado al mío. El caso es que no nos dimos la importancia que el destino tenía preparada para nosotros.Pasó un Ángel y lanzó dos flechas.

Tus ojos se clavaron en mi vaso en forma de aceitunas. Desde el fondo me examinaban, se reían conmigo, se fundieron en mi bebida y el ardor provocó en mi cuerpo la necesidad de beber tremendo elixir en un fondo blanco inobjetable y eterno. Dejé de ser el mismo. Mi cárcel, mi armadura y mi cota de mallas se derrumbaron en un torrente de adoquines. La desnudez de mi alma abdicó ante tus ojos bebidos, tal vez ni vos misma te diste cuenta que habías dejado de tenerlos. Se fundieron en mi cuerpo juntándose desde adentro con los míos. Nacimos. Aprendimos la diferencia entre ver y mirar y nos miramos. Sin darnos cuenta el amor, hasta ese momento desconocido, nos mostró de manera escandalosamente caprichosa los mismo colores, las mismas cosas y todo cambió.

Comencé a verme con tus ojos por dentro y por fuera. Me descubrí otro tipo. Un tipo totalmente desconocido. Un tipo que yo me había extirpado de cuajo hacía algunos años. Me vi a mí mismo.
Te vi a vos, desnuda frente al espejo que te devuelve de a una cada palabra mía escrita o arrojada al viento para intentar acariciar tu oído y rozarte el cuerpo con expresiones. Química sin propiedades que se olvida de todos los elementos. Física caprichosa que no entiende de fuerzas, ni de acciones, ni de reacciones.

Mirándote desnuda con nuestros ojos mis manos te gritan mi amor, mi boca escucha tu aroma y te lo devuelve en saliva que, de un tirón, se funde con la tuya en una danza digna del mejor sentimiento jamás catalogado. Mientras, nuestras lenguas, bailan al compás de la música de nuestra visión mancomunada por nuestros propios ex reprimidos permisos.

Estabas ahí y yo acá. Te me habían presentado las pasiones sin gobierno de esta gigantesca inmensidad y nuestros propios ojos de humanos limitados no nos permitían descubrirnos.
Volamos más allá de los mares a un plano que sólo nuestros cuerpos unidos en un lazo de piernas y brazos pudieron llevarnos.

Y estamos y somos y existimos y nacimos y disfrutamos y vivimos y jugamos y soñamos y cumplimos y ganamos y ansiamos y gozamos y abrazamos y besamos y convivimos y aprendimos y remontamos y reventamos en nuestros cuerpos con esta pelota de amor que crece a cada segundo y que ya no me interesa pararla. Se magnifica a cada segundo, a cada instante; aunque ya no existan los relojes, ni las escalas, ni nada que pretenda ponernos un límite.

Estabas ahí y yo acá pero no nos veíamos. Ahora estás acá y yo allá. Los dos, vos y yo en un tercer cuerpo que nos une y nos muestra que nada es intangible porque te siento a mi lado, porque te meto en mi cama cada noche que ya dejó de ser de mi propiedad para ser un derecho compartido donde no paro de acariciarte, porque mientras te duchas mi saliva se funde con el agua y besa todo tu cuerpo logrando que tu baño sea el mío y ahogando el deseo de un beso incontenible.

Y pensar que nos íbamos a dejar ir.
Y pensar que nos íbamos a pasar desapercibidos.

Fernando A. Narvaez

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De Sueños Compartidos

Posted by Fernando Narvaez en agosto 14, 2005

Cuando la mañana de aquel domingo ella se despertó, notó que era mucho más temprano de lo habitual. Se había levantado con la sensación de que eran mucho más de las doce del mediodía. Se puso de pie de un salto y salió corriendo en dirección al baño, que por alguna extraña razón no estaba a la derecha de su cama sino hacia la izquierda. Se detuvo un instante y corrigió su orientación. Vio un espejo delante de ella y se preguntó quién lo habría puesto allí; notó su cuerpo desnudo frente a él y el reflejo le mostró que en la cama, debajo de la sábana delgada, se encontraba un hombre durmiendo. Sentía en sus piernas el temblor propio que da una noche de pasión descontrolada.

El reloj de la habitación marcaba las 8:23 de la mañana. No había dormido tanto, pero tenía en su cuerpo el cansancio que sólo el amor te puede dar. Un cansancio y un agotamiento que relajan.
La habitación olía a amor contenido, amor que había sido reprimido durante mucho tiempo por orgullo y que un buen día explota. Estalla contaminando y viciando corazón y pulmones, haciéndose tan extensivo que trasciende los límites impuestos por el propio cuerpo impregnando la atmósfera.

La sombra de la muerte oscureció su corazón otra vez. Pero esta vez, haciendo uso de las habilidades que sólo el amor le dio, la descartó de un soplido y, junto con ella, también desbarrancó su orgullo.

Jugó con sus ojos y los cerró muy fuerte. ¡Olores! Necesitaba olores. Olió sus manos y su piel. Su cuerpo y toda su ella, tenían su olor; el aroma que durante la última semana la había seguido por cada rincón de la ciudad en el que estuvo. En cada colectivo, en cada banco, en cada plaza, el olor de la piel de aquel hombre, ahora tendido en su cama, la había acompañado como parte de un recuerdo muy lejano, impuesto por ella misma.
Había soñado mucho tiempo con esa noche y por primera vez se sintió orgullosa de haber abandonado de una jodida vez su maldito orgullo.
Los recuerdos de un sueño casi real y muy fatigoso empezaban a llegar de a uno y a reunirse en su memoria. Conversaciones telefónicas cruzadas, patrullas, orgullos, patines, lágrimas, un viaje sin retorno, un tiro certero, un grito desgarrado y un ángel, trataban de alinearse ordenadamente en su cerebro.

Abrió los ojos y comenzó a recorrer la habitación. Él seguía durmiendo. Al costado de la cama yacía un pantalón de corderoy negro; un poco más alejado, se encontraba un par de zapatillas Topper de color blanco.

Quería despertarlo y decirle cuánto lo amaba y todo lo arrepentida que se sentía de haber vuelto a poner una barrera entre ellos.
Sentía la necesidad de despertarlo pero se sentía muy bien al saberse protectora de su sueño.
Se acercó a la cama y al ver su cara, su corazón se colmó de felicidad al volver a verla tan cerca. Le acarició la cabeza suavemente, lo besó en la frente y se fue al baño.

Él, por su parte, la observaba desde atrás de sus párpados disfrutando de la nueva oportunidad que tenían por delante.
Al escuchar la ducha no resistió la tentación de volver a sentir el cuerpo de ella pegado al suyo. Se metió en el baño y se acercó muy sigilosamente y, sin que ella se diera cuenta, la abrazó por detrás. Ella, cómplice de sus deseos, lo había visto por el reflejo de los azulejos y dejándose sorprender, se dispuso a escuchar muy atentamente lo que hacía mucho tiempo deseaba oír.

– ¡Te amo, Aurelia!
– ¡Y yo a vos, Eugenio!

Cuando se volvieron a mirar a los ojos, Eugenio Tallarico notó un dejo de preocupación en Aurelia Taborda.

– ¡No te preocupes! Estoy más vivo que nunca al lado tuyo. Tuvimos el mismo sueño.

La mañana del domingo 4 de septiembre de 1998, finalmente, a Eugenio Tallarico y a Aurelia Taborda, los sorprendió muy temprano. Víctimas de un mal sueño y cómplices en un sueño renovado. El sueño de volver a estar juntos tantas veces reprimido y postergado. El sueño de tenerse de una sentenciada vez juntos y para siempre.

Mientras se bañaban, un ángel invadía el ambiente expulsando los restos de ese sueño de dolor, desesperación y muerte.

Por el momento, llamémosle Milton.

Autor: Fernando Narvaez
Producción General: Gons

Viene de:
Eugenio Tallarico (1ª Parte)
Aurelia Taborda (2ª Parte)
Pablo Tallarico (Final Trilogía)

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Una Copa

Posted by Fernando Narvaez en agosto 11, 2005

Los cristales de la copa estaban esparcidos por todos lados. En la dirección que mirásemos había restos de esa copa que en algún momento tenía labrada la palabra Amor.

Nunca nos dimos cuenta de que eso que sentíamos era como una bomba de tiempo a punto de estallar envuelta en papel de regalo, con moño y todo nunca creímos que fuera a explotar en nuestras propias manos.

Nos dejó ciegos e hizo que nos chocáramos con todo lo que teníamos a nuestro paso. Dejamos de reconocer formas y los moretones en nuestras piernas fueron peores que aquellos que te deja el golpe que siempre, absolutamente siempre, nos pegamos contra el borde de la cama cuando salimos apurados al baño. Como aquel golpe del dedo chiquito del pie contra la pata del banquito que vimos que estaba ahí, pero nunca supimos calcular.

Ni siquiera tuvimos la suerte de que no nos cegara por completo y nos pusiera a los costados de los ojos esa especie de limitador de la visión que le ponen a los caballos de los Mateos. Tan sólo para, aunque más no sea, poder ver nuestros rostros. En mi caso ni tu cara puedo ver.

Nuestro amor estalló y nos dejó sordos, imposibilitándonos así reconocer cualquier tipo de voz. Mucho menos aquellas que nos dicen que ya va a pasar, que ya vamos a conocer a alguien. ¡La re puta madre! No quiero escuchar cosas obvias. Quiero escucharte a vos diciéndome que todo va a estar bien.

Éste estallido nos imposibilitó escuchar el soundtrack de nuestra vida. La voz propia del Amor gritándonos en un susurro al oído que la persona que está al lado nuestro nos ama y viceversa.

No hay voces, no hay ruidos. Silencio. Absoluto, complejo y degradante silencio.

La explosión nos quemó las manos robándonos el tacto. Ya ni siquiera existe esa memoria, la de reconocer a la persona que amamos tan sólo por su piel, por su roce.

Un fragmento de cristal se nos metió en la nariz rompiéndonos las fosas nasales. Emanan ríos de sangre y no dejan de hacerlo. No hay olor, no hay aroma que nos una. No distingo las frutillas de tu piel, la humedad de tu sexo. La boca sirve para respirar pero no para oler.

Y como si esto fuera poco, el polvo de la explosión me dejó un sabor amargo. Mi boca sabe a decepción, a pérdida, a duelo. Las rosas que ayer nos alimentaron las trocamos por un cactus violento que pincha y lastima.

No veo, no oigo, no toco, no huelo y no saboreo. El estallido me dejó sin sentidos. Pero mi mente está clara. Mi corazón lo está mucho más aún. Es como un estado de coma, soy consciente aunque no sirva de mucho. Pero tengo un plan y lo voy a poner en marcha. ¡No debe fallar!

Mi mente y mi corazón harán lo posible por juntar los restos de la copa. No quiero una copa nueva aunque tenga miles al alcance de mi mano. ¡Quiero nuestra copa! En mi mente aún resuenan nuestras últimas palabras: No voy a dejar de amarte jamás.

Esas palabras me darán las fuerzas para pegar los restos. Aunque nunca vuelva a ser la misma copa y esté rasgada, será nuestra. Tendrá grietas, estará ajada; pero la llenaremos otra vez con nuestro amor y tendremos que cuidarla juntos y conscientes de lo que tenemos en nuestras manos. Espero me ayudes.

Fernando A. Narvaez

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Pequeña Criatura

Posted by Fernando Narvaez en agosto 9, 2005

(Para Rodrigo Garcete)

Y… ¿cómo te fue con la dama?
¡Esa mujer puede conmigo, hermano! ¡Es una criatura muy dulce!
– me respondió

Cuando escuché que estas palabras se le caían de la boca, sentí el golpe de las copas que estaban encima de la mesa que nos separaba. Mi silla tembló. La tierra se estaba acomodando.

Supe que la había encontrado.

Rodrigo es un tipo casi normal, más común de lo que vos y yo podemos serlo. Sencillo, dispuesto a todo por uno. De más está aclarar que es como mi hermano y te aseguro que vos lo querrías tener de amigo.

Busca y re busca entre sus carencias para sacar eso que te pinte una sonrisa en la cara. Créeme que lo consigue.

La vida y él mismo, por qué no decirlo, se han encargado de ponerlo de cara con las mejores y con las peores circunstancias. Había creído encontrar el amor y más tarde se dio cuenta que no siempre lleva el mejor disfraz. Dio el paso al costado en el momento indicado, se había asegurado que al darlo no hubiera nada ni nadie que lo atara a aquella persona, explotó sus dotes de cazador avezado y supo cazar su presa, en este caso la víctima era la libertad. ¿Sufrió? Por supuesto; a veces obtener la libertad es doloroso. Sufrió como cualquiera de nosotros al sentir que el tiempo se le escurrió en silencio, aunque jamás sintió que había sido en vano. Canalizó el duelo y lo aplicó como enseñanza para el resto de sus días. Empezaba a saber qué era lo que no quería.

Pero la vida, maestra fervorosa y ardiente, se empeñó en mostrarle más dolor, más duelos. Le dio otra enseñanza. Al igual que a mí, le puso delante una mujer que no venía sola. Tenía un niño que le dio a Rodrigo una responsabilidad extra. Lo proyectó, en su mente como padre. Uno de esos padres que vos como hijo, quisieras tener. Rió, soñó, flotó, divagó, disfrutó y sobrevivió junto con aquel chico. Sólo los que pasamos por esa experiencia conocemos lo que significa no tener una conexión sanguínea con aquellos que adoptamos desde el corazón. La rotura del lazo es demasiado pesada.

El sueño volvió a evaporarse como una lluvia de rosas que al tocar el suelo, se marchitan y se desintegran.

Se sintió vacío nuevamente. Pero volvió a canalizar y aprendió. Levantó la cabeza nuevamente y junto a ella, su brillo personal.

Pasó el tiempo como cualquier soltero. Buscando, la mayoría de las veces sin encontrarlo, el amor debajo de faldas ocasionales que le brindaron caricias efímeras y superficiales. De esas que cuando se alejan, te dibujan tu misma soledad como un Chagall, esas que te delatan lo vacío que estás. Cabe aclarar que también él, ha roto un par de corazones.

El caso es que el tipo no se rindió. El destino y las casualidades lo juntaron, quizás, con gente egoísta y demasiado omnipotente que lo hirió. En este caso no hablo de la vida en sí, el egocentrismo sólo forma parte de la vida de quien lo practica y lastima a los demás, los eclipsa y no permite que los otros dejen el alma en la cancha por ellos. Rodrigo se jugó por esta gente y le pagaron con basura, por llamarlo de alguna manera.

Anduvo errante por el camino un tiempo. Pero siguió intentándolo, como un caballo que espera el fustazo para emprender la carrera que lo consagre. “Muerto el perro se acabó la rabia” se dijo y volvió a sacar la cabeza, sólo que ahora tenía el corazón tan afilado como los ojos de un Águila. Volvería a poner las fichas a pleno aunque se pegue la cabeza contra el piso otra vez.

“Es una criatura muy dulce” me dijo y supe que había abdicado.

Había llegado a su vida por casualidad, que es la única manera en que nos llegan las mejores personas. Te toman por asalto, te hacen piquetes en el corazón y te formatean el cerebro haciendo que sólo pienses en ellas.

Ese día, el del encuentro, Rodrigo se había preparado como lo podés hacer vos, como sin duda lo hago yo. Seguro estoy de imaginarlo al pegarse esa ducha borra-pasados, sintiendo la satisfacción de estar bañándose, vistiéndose y perfumándose para alguien y no por una cuestión de higiene personal. Lo estaba volviendo a hacer por una “criatura muy dulce”, tal vez, la más dulce que hubiera conocido.

Al momento de nuestro encuentro se habían visto en un par de oportunidades. Me habló, además, de la claridad de su mirada más allá del color de ojos.

RODRIGO: me hace muy feliz escucharte con una nueva ilusión. Saberte otra vez en carrera y dispuesto a darte la oportunidad que te merecés y, además, de darle la oportunidad a dicha “criatura” de tener al lado a un tipo como vos, que sin duda se merece.

Fernando a. Narvaez

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