MALDITO DUENDE

Hé oído que la noche es toda magia, y que un Duende te invita a SOÑAR

Archive for 18 julio 2005

Banco de Plaza

Posted by Fernando Narvaez en julio 18, 2005

La lumbalgia me está matando. No sólo por el dolor, sino que además me imposibilita moverme. Pero ¡me harté! Hace diez días que estoy guardado y no lo toleré más. Me escapé de mi casa y estoy sentado en el banco de una plaza cualquiera de la ciudad. Ciudad que tampoco viene al caso, no interesa en lo más mínimo, podría ser la tuya.

El clima para esta altura del año está raro. Es pleno invierno en nuestro hemisferio y se encapricha en que lo sintamos primaveral; lo hace con el único fin de sorprendernos y vestirse con sus ropas habituales de época normal y matarnos con gripes, anginas y demolernos con todos aquellos virus que intentarán aplastarnos, por más antitroyanos que tengamos en el cuerpo.

Sentado en el banco de una plaza te PIENSO mientras juego con las palomas, las corro, las miro volar. ¿Cómo hacen estos bichos para caer en picada hasta “el pan que la gente les tira” (según Calamaro) y no explotar de trompa contra el piso? Te fijaste: levantan vuelo, vienen derecho hacia vos; pensás que ya está todo perdido, que te comés un “palomazo”. ¡Pero no! Las muy zorras, por no sé qué artilugio del destino, tuercen las alas un segundo antes del impacto, te esquivan y vos te quedaste con las manos sobre la cabeza en posición de casco, con la misma cabeza metida en el cuello diez centímetros por debajo del nivel de los hombros, un vientito alado que te resopla en el oído haciéndote “Fiuuuuuuuuuuu” y diez personas, quizás veinte, tal vez una, cagándose de risa de la muy conocida posición “¡Rajemos que hay terremoto!”

Todo por una paloma. ¿Cómo lo hacen? Vos dirás: “Son palomas trabajando de palomas”. Y yo te digo: “¿Por qué carajo te empecinas en tener razón?” y lo peor “¿Por qué cuernos la tenés?”. Entonces me doy cuenta, mientras me descontracturo de la posición antes citada: “¡Claro! Si son palomas”

Aparcado en el mismo banco de una plaza te SUEÑO. No me gusta esa palabra, “Aparcado”. No sé por qué la escribo, recursos literarios tal vez, pero me suena a Parca. Parca = Muerte = Defunción = Fallecimiento = Expiración = Caput = Estirar la pata; o sea, podría decirse ¿“Amuertado”? ¡Espantoso! Probemos: ”Amuertado en el mismo banco de una plaza” ¡Horrible! Busquemos sinónimos. “Estacionado en el mismo banco de una plaza” ¡No! ¿Qué soy un auto? Por más que me sienta un Fórmula 1, la lumbalgia me escupe a la cara que estoy más cerca de un simple Fiat 600 modelo ’68. Pero se trata de no andar poniéndose en evidencia.

Lo intenté, pero a esta altura me parece que lo mejor va a ser que abuse de la implacable redundancia.

Sentado en el mismo banco de una plaza te CORPORIZO y juego con tu cuerpo en mudo silencio silencioso corporizándote y haciéndote tangible para tocarte mentalmente en mi mente. Te beso los labios que me labean, los ojos que me ojean, las orejas que me orejean y el cuello que me cuellea. Te beso los pies que me pisan, las manos que me manean, los brazos que me abrazan y los codos que me codean. Te beso la rodilla que me rodillea, los muslos que me muslean, el ombligo que me ombliguea y un pecho que me pechea. Mentalmente, con la mente que tengo en el cerebro que está en mi cabeza, me doy cuenta que con mucha o poca redundancia, no sólo te beso con mis besos, sino que mi mano juega, mi mano derecha me entretiene, te entretiene, nos entretiene. ¡Ay, mi mano derecha!… ¡Ay manito, manito derecha!

Sentado en el mismo banco de una plaza, mi mano derecha te escribe en esta hoja ¿Qué pensaste?

Sentado en el mismo banco una plaza te BORRO mientras maldigo a la maldita fuerza de gravedad que conspira contra mi lumbalgia arrojándome la lapicera al piso. Cuando me estiro para alcanzar la birome siento que la distancia que me separa de ella, es similar a la que me separa de vos. Pero una vez alcanzada, ya con el bolígrafo en la mano. Pienso en cuánto disfruto de mi lapicera. Mientras te escribo me doy cuenta que la distancia no sería tan grande si cuando te tenga al lado mío puedo disfrutarte de la misma manera por más dolor en la espalda o en el corazón.

Sentado en el mismo banco de la plaza te PIENSO te SUEÑO te CORPORIZO y te BORRO te CORPORIZO te SUEÑO y te PIENSO. Todo para no extrañarte. Jugando a ser paloma para alcanzar tu cintura, tu boca, tus pies. Paloma que no busca aparcarse o “Amuertarse”, sino estacionarse en tu pecho y en tu vientre. Paloma que sin temor a ser redundante te grita, te dice, te avisa, te canta y te notifica que te quiere te quiere te quiere te quiere y que te quiere.

Sentado en el mismo banco de una plaza me doy cuenta que el sol se suicidó. Como dice La Vieja: “¡A la noche refresca!”. Salí con todo lo aconsejado por ella: la llave y el pañuelo, en cambio no pasó lo mismo con la campera. ¡Uy! Tampoco llamé cuando llegué.

Me vuelvo a casa, no vaya a ser cosa que sea un lumbálgico con gripe.
Me vuelvo a casa, no sea que por casualidad me convierta en un engripado con lumbalgia.
Me vuelvo a casa pero no por eso voy a dejar de pensarte soñarte corporizarte borrarte corporizarte soñarte pensarte.
Tal vez algún día pueda tenerte.
Tal vez me lleve el banco a casa.

Fernando A. Narvaez

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That’s my Life!

Posted by Fernando Narvaez en julio 16, 2005

La Chica Triste que te hací­a Reír
(Enrique Bunbury – "El Viaje a Ninguna Parte")

Si no te gustara tanto meterte en líos,
si eligieras un camino asfaltado alguna vez,
conservarí­as el sombrero norteño,
y la chica triste que te hacia reír.

Aunque no la quisieras, ni ella a ti,
tení­ais sed, siempre a la vez,
en los mismos lugares, en los bares;
conservarí­as el bolsillo repleto,
y la chica triste que te hacia reí­r.

Que no me lleven al hospital.
No es que desconfíe es que no me fí­o
de la medicina occidental.
Que no me lleven al hospital.
¡Si ya me encuentro mejor!

Cuanto más viejo, decí­as,
mucho más libre.
Menos plata que te arrebatan,
y menos peso que cargar.
Últimamente, vas muy ligero,
sin la chica triste que te hací­a reí­r.

Siempre hay otro lugar en la frontera,
siempre la esperanza queda,
y quizás pueda ser mañana,
que el amanecer te traiga de vuelta
a la chica triste que te hacia reí­r.

Que no me lleven al hospital.
No es que desconfí­e,
es que no me fí­o de la medicina occidental.
Que no me lleven al hospital.
Ya estoy mejor.

Asegúrate de que te dejen
cerca de la parada,
la que está más cercana,
y te aleje de la diana,
y no te preocupes,
por no despedirte de nadie.

Así­ estamos, vio… y es la primera vez en mucho tiempo que no tengo ni una PUTA gana de escribir. ¡Besos y Abrazos! ¡Nos vemo' en Disney! y…
¡Qué les vaya Bien Bonito!

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¿Fantasma o Humano?

Posted by Fernando Narvaez en julio 12, 2005

La ventana se golpeó con el viento haciéndome sobresaltar y no me quedó claro cuánto tiempo había dormido. Estaba sentado en el sillón y la televisión me decía que tenía que comprarme no sé qué pastillas porque si no lo hacía, me iban a crecer gusanos en el estómago. Casi llamo ¡Ya!

Imaginé que la transmisión, a juzgar por el reloj de la pared, había terminado hacía un par de horas. Apagué el televisor, encendí un cigarrillo y me propuse ir a la cama.

Fue entonces que al darme vuelta lo vi. Descansando muy plácidamente en mi sillón y a la sombra de la lámpara del living, se hallaba mi fantasma.

Me pareció y tuve la sensación de que el que estaba durmiendo ahí mismo seguía siendo yo y no quien se había despertado. Me di cuenta de que estaba siendo observador de mí mismo mientras dormía.

Tuve ganas de despertarme de verdad, no entendía muy bien qué era lo que pasaba; era como si aquél golpe del viento contra la ventana me hubiera puesto en otra dimensión. Mientras creía que la transparencia de la muerte se apoderaba de mí, noté que mi fantasma se estaba moviendo, se desperezaba buscando a tientas un sol que por la hora y el techo no llegaría. Tenía la clara intención de no despertar pero se movía lentamente. Fue hasta la cocina y puso agua a calentar; fue al baño, se duchó rápidamente y se vistió mientras tomaba mate.

Este fantasma se disponía a ir a mi trabajo, iba a ganarse mi dinero y, posiblemente, a su regreso escribiría esto que yo escribo. La pasión por escribir nos une, es nuestro propósito.

Tengo ganas de despertarlo pero está como encantado, es como que no perteneciera a este mundo. Pero ¿quién estaba en otra dimensión? ¿él o yo? La eterna lucha del “ser” o “no ser”

¡Tengo un plan! ¡Le propondré algo! Cuando vuelva le pediré que descanse, en ese momento me iré a trabajar yo. Me desdoblaré al confín del territorio de los Sueños y protagonizaré cientos de ellos. Tal vez así los dos nos sintamos más felices y hagamos un gran equipo.

Protagonizaré sueños como:

  • El Sueño de ser feliz
  • El de tener a la mujer que los dos amamos al lado nuestro, soñaré que somos el Rey y ella nuestra Reina.
  • Soñaré un planeta con una flor, tres Baobabs y sin George Bush como el de “El Principito”
  • Le haré sentir a través del sueño que la vida no está llena de laberintos como los de Borges.
  • Soñaré con el Capítulo 7 de “Rayuela”.
  • Soñaré con la “no existencia” de amores imposibles haciéndole ver que Romeo y Julieta siguen vivos y se hospedan en una pensión del Once. Mientras, papá Montesco y Don Capuleto toman vino tinto de un pingüino en un bodegón de Constitución.
  • Soñaré con el viejo blues de Pappo que nos haga recordar los momentos hermosos de nuestra vida y a nuestro primer amor.
  • Soñaré con un mundo sin dinero, donde la única moneda corriente sea la palabra empeñada; sin pagarés, sin documentos y sin VERAZ.

No será fácil. ¡Lo entiendo! Porque en un mundo donde los fantasmas son inconscientes, donde los humanos son sonámbulos autómatas sin fe y que, a su vez, está dominado por cadáveres domésticos; es tarea más que difícil la de aprender a despertar a tiempo para que nuestros sueños estén en el punto justo.

¿Cómo podemos hacer vos y yo, para que nuestros sueños no estén demasiado verdes?
¿Cómo hacer para que ese sueño no se venga al piso más allá de maduro, podrido?
¿Cómo encontrar la fórmula para despertar a tiempo?

Trataré de encargarme de eso de forma personal o fantasmal. Ahora te dejo porque mi fantasma o mi humano está volviendo de trabajar.

Fernando a. Narvaez
Basado en “Mi Fantasma y yo” de Miguel Cantilo Jorge Durietz

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Posted by Fernando Narvaez en julio 9, 2005

La mañana del sábado 3 de septiembre de 1998, a Pablo Tallarico lo sorprendió a las diez, un rato antes a cualquier sábado normal. Nunca imaginó que iba a ser el día más largo de su vida. Un día de poco menos que 72 horas.

A la una de la tarde llegaba su novia uruguaya. Lorena era una morena preciosa que le había arrebatado el pensamiento, el sentimiento y el corazón a pesar de la distancia. Se veían cada quince días, a veces una vez por mes. Pero ese día era muy esperado por él, porque además de la llegada de ella, el domingo cumplían dos años entre ellos y su trajín. Ése sábado pasarían toda la tarde juntos. Luego de una breve visita de Lorena a lo de los Tallarico, se irían a poner al día con sus deseos atrasados. Más tarde irían a celebrar, junto con Eugenio, el cumpleaños de Rodrigo, un amigo en común.

Alrededor de las dos de la tarde sonó el teléfono en lo de Pablo.

– ¡Hola!
– ¡Pablo, habla Aurelia!
– ¡Tripy! ¿Cómo estás?
– ¡Bien, Negrito! Perdóname ¿Eugenio está?
– No, se fue a jugar al fútbol
– Sí, lo imaginé
Yo me estoy yendo, hasta la noche no lo veo, pero vuelve en un rato ¡LLAMALO!
– Ok, Pablo, te mando un beso y ¡Gracias!
– Otro para vos

A las cuatro de la tarde Pablo y Lorena se fueron a recorrer la ciudad. El tiempo lo fueron degustando entre abrazos, besos y caricias constantes. Cada encuentro era una expresión de testosterona y feromonas danzantes entre sus cuerpos, se amaban y se enamoraban cada vez más. Habían aprendido a ganarle a la distancia.

Así fue que, entre besos y caricias, Pablo se acordó del cumpleaños de su amigo. Eran las diez de la noche y había quedado con Eugenio en que lo pasaría a buscar con el auto alrededor de las ocho y media. Cuando llamó a la casa hacía una hora que el hermano se había ido. “Cuando lo veas a Eugenio, decile que lo llamó La Tripy” le dijo la madre.

El cumpleaños se festejaba en un bar del barrio de La Recoleta. Cuando Pablo y Lorena llegaron eran pasada las once. Eugenio ya estaba hacía un rato en el lugar.

– ¡Está bien, mono! Dejá que vengo solo – Le dijo Eugenio con sorna
¡Perdóname, me colgué! No me di cuenta de la hora
– ¡Andá a cagar, boludo! ¡Está todo bien! Te entiendo
– Igual tengo un regalo para vos
– dijo Pablo esbozando una sonrisa – hoy a la tarde te llamó Aurelia y hace un rato, cuando hablé con “La Vieja”, me dijo que te avise que había llamado La Tripy. O sea La Tripy es igual que Aurelia, con lo cual, te llamó dos veces en el mismo día.
– ¿De verdad me decís?
– ¡Claro salame! ¡Andá a llamarla!
– ¡Ya vuelvo!

“Mi hermano es un pollerudo pero ¡cómo lo entiendo!” le comentó Pablo a Lorena mientras le arrebataba otro beso.

Cuando Eugenio volvió, decepcionado por cierto, comentó que no la había encontrado pero que la llamaría al día siguiente.

La noche pasó entre copas, música y baile. El desparpajo de Eugenio y Rodrigo le había hecho ganar, a su mesa, unas cuantas consumiciones sin cargo.

Cuando la velada se consumía y los primeros rayos de sol arremetían contra los ventanales del lugar, decidieron emprender la vuelta.

– Vamos Euge que te alcanzamos – dijo Pablo – nosotros después nos vamos a dormir por ahí
– No Pablín, dejáme caminar y tomarme un bondi que quiero pensar
– ¿La Tripy?
– ¿Y qué te parece? Hace dos años que no sé nada de ella y en un día me llamó dos veces.
– Bueno, como quieras, pero aunque sea te alcanzamos hasta Avenida Las Heras
– ¡Dale!

Al llegar a la avenida se despidieron con abrazos, besos y con la promesa de comer un asado tardío en lo de los Tallarico en honor a Lorena.

Cuando Eugenio llegó a la parada del colectivo en Parque Las Heras, había dos hombres esperando.

Pablo y Lorena hicieron cuatro cuadras con el auto y se cruzaron con tres coches policiales en dirección contraria. “¿A quién perseguirán?” – se preguntó Pablo.

En ese momento sintió una presencia fría en el auto. Miró por el espejo retrovisor y no vio a nadie. Al instante escuchó una voz

– ¿Por qué no vas a buscar a tu hermano?
– ¿Vos hablaste?
– le preguntó a Lorena – me pareció escuchar una voz que me decía algo de Eugenio
– Estás cansado, mi amor y hemos bebido bastante
– ¡Tenés razón, perdóname!
– ¡No me preguntes quién soy!
– volvió a decir la misma voz – ¡No pienso contestar siempre la misma pregunta! Pero ¡Andá por tu hermano!

Pablo clavó los frenos y giró en dirección contraria sin saber qué hacía ni por qué; su novia al lado quedó perpleja ante la maniobra inesperada. Una extraña percepción se apoderó de él. Hicieron diez cuadras y frente al parque se encontraron con el peor espectáculo de sus vidas.

Las tres patrullas estaban de frente a una parada de colectivo; unos metros más adelante, ya en el césped, yacían tres cuerpos. Dos de ellos estaban muertos, el tercero agonizaba.

Al parecer una de las balas tenía labrado el nombre de Eugenio Tallarico, la misma se le había incrustado en el pecho destrozándole los pulmones y lastimándole el corazón.

Cuando Pablo llegó a su lado, Eugenio estaba aún con vida. Llorando lo tomó de la mano.

-¿Qué pasó?
– Nunca te pedí disculpas por lo del tobogán
– ¡Qué decís, boludo!
– ¡Mandále un beso a Los Viejos!
– ¡Callate! No hables que ya vienen los médicos
– No hay tiempo, Pablín. Ya no estoy. Decile a La Tripy que siempre la amé y que no voy a dejar de hacerlo. Aunque se lo tendría que haber dicho antes

Fueron las últimas palabras de Eugenio. Pablo no se apartó de su hermano. Unos metros más atrás, Lorena lloraba de rodillas.

Para Pablo Tallarico la mañana del sábado terminó recién el lunes, cuando a las diez de la noche su cuerpo lo tiró contra el colchón. Nunca dejó de sentirse culpable por no haber llevado a su hermano. Nunca comprendió que Eugenio había terminado de escribir su historia personal. Eugenio ya no pertenecía a este mundo.

Lorena no volvió a Uruguay. Se quedó con Pablín

Fernando A. Narvaez 

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Orgullo

Posted by Fernando Narvaez en julio 7, 2005

Decime en qué momento de tu vida, no sentiste el aroma, o no viste asomarse el hocico de tu torpe orgullo, detrás de tu silencio, detrás de tu "presunta" autosuficiencia (¿?)

En mi caso, todo el tiempo. Y por ese orgullo me he perdido grandes cosas en la vida.
¿No pensaste en cambiarlo? Yo sí.

Fernando A. Narvaez

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