MALDITO DUENDE

Hé oído que la noche es toda magia, y que un Duende te invita a SOÑAR

Como Escapados de un Cuento

Posted by Fernando Narvaez en marzo 28, 2005

En 1988 a él se le venían acumulando frustraciones, hacía dos años que había muerto su padre sin siquiera haberle informado nada acerca de la calle, de las mujeres, de la vida. Eso es algo que hasta el día de hoy, casi veinte años más tarde, no puede superar por completo. Aunque ya pasó más tiempo que no lo tiene del que lo tuvo, ahora empieza a asimilarlo un poco mejor, pero es algo que no lo supera. A la muerte de su padre se le agregaba la primera gran frustración amorosa, se había peleado hacía poco tiempo con su primera novia y era algo que latía muy fuerte en su corazón y en su piel.

Él estaba en sexto año de la escuela técnica y se le sumaba la decepción de no poder compartir con sus compañeros el tan esperado viaje de fin de curso a Bariloche por la mala situación económica de su familia. Si bien sus compañeros habían logrado que la empresa cediera lo que ellos llamaban un “medio liberado” (un 50% de bonificación en el pasaje) a él le ganó el torpe orgullo que en ciertas oportunidades invade a los hombres que no aprendieron ni quieren pedir. No lo aceptó.

Cómo en cada oportunidad y ante cada decisión que tomó, nunca se arrepintió de no haberlo hecho. Vivió aquella semana de Junio con la desesperación de saber cómo les estaría yendo a sus compañeros en el viaje, si salían a bailar todas las noches, si iban a las excusiones, si dormían. Mientras, él siguió esa semana con el dolor a cuestas por la novia perdida y en lo único que pensaba era en cómo recuperarla, a esto se le agregaba el saber que en Agosto, la que viajaba a Bariloche era ella. Estaba destruido, no daba pie con bola, descuidó el estudio, se dedicó a matar el tiempo dibujando, canalizando todas sus frustraciones a través del lápiz y del papel. Lo que no sabía era que sus compañeros, todavía de viaje y sin saberlo, le estaban preparando el mejor regalo que nadie se podría haber imaginado.

Finalmente para él, llegó el tan esperado regreso, no así para ellos que se hubieran quedado un mes más. Es una cuestión de egoísmo propia del que se queda solo. Cuando al otro día se encontraron en el colegio, no sólo le contaron todos los detalles del viaje entre rollos de fotos revelados y por revelar, sino que además le habían traído una caja de chocolates regionales. De allí en más era juntarse todos los días con ellos para conocer más detalles del viaje, le contaron que habían ido con un grupo de un colegio mixto de la zona de Sáenz Peña y le prometieron que lo iban a llevar cuando se reencontrasen para que los conozca. Hay dos instantes cruciales que él atesora de forma muy celosa en su corazón, dos polaroids, dos imágenes que no necesitan copia, dos escenas en su vida que fueron y son fundamentales. En lo que a mí respecta presto mucha atención al comienzo de las películas porque, en los títulos, muestran detalles que son fundamentales en las vidas de los personajes y en la trama de la historia.

La primera escena que él registra es la de estar en la casa de uno de sus compañeros, sentarse en la cama y tomar entre sus manos la foto grupal, esa en la que están todos encapuchados por el frío y con anteojos, como si fueran delincuentes, a punto tal que hay que agarrar una lupa para identificar quién es quién. Él no necesitó la lente para identificarla, se encontraba en el centro de la imagen al lado del perro San Bernardo, estrella en este tipo de cuadros. Su sonrisa era soñada y su mirada era capaz de derretir a la mismísima nieve. Mientras el dueño de casa le indicaba donde estaba cada uno de sus compañeros, él lo interrumpió en seco y señalando su sonrisa le preguntó: – “¿Ésta quién es?” El anfitrión frustrado por el desinterés de su amigo, le comentó: – “Es Sandra, la que tiene onda con Chiro.” – “¡Miralo a Chirolin!” comentó asombrado. Lo que siguió fue examinar de modo exhaustivo cada una de las fotos para ver donde estaba ella. Algo había cambiado en él y tenía que saber qué era, la única manera era admirando una y otra vez esa mirada.

La segunda escena que él atesora, es la del día que sus compañeros lo llevaron al colegio de Sáenz Peña. Siempre andaba enfundado en un viejo saco gris heredado de su padre, jeans azules y zapatos. Era viernes 1º de Julio y, por alguna razón, él y sus compañeros no tenían clases. Entre sus compañeros, tenía varios amigos: El Gaita, un tipo que tiene en la frente como grabada a fuego la chapa de “Buena Gente”; El Yanqui, el típico “Gordo bueno” hasta que se enoja, el que si necesitas 1, te da 4 y medio, pero no lo hagas ofuscar; Chirola, un gran tipo de sentimientos nobles; Richard, al que lo unía su pasión musical por Charly García y, a la vez, era un tipo noble; un poco más alejado de aquel grupo se hallaba Paco, un tipo que anda por la vida con el corazón en la mano sin importarle nada de lo que la gente opine. Después estaban el resto, El Cabezón, El Pelado, El Colo. Todos, a excepción de Paco, fueron aquella tarde al colegio de Sáenz Peña, llegaron y lo primero que ocurrió una vez identificada el aula de aquel grupo, fue que El Gaita haciendo uso de sus dotes acrobáticas se trepó a la reja de la ventana y se asomó hacia adentro sin importar que hubiera algún profesor dando clases. En menos de 10 segundos se abalanzó sobre la ventana, entre gritos y risas, un racimo de cabezas sin forma. Pero para nuestro héroe no fue así, como arrebatada de una novela de García Márquez y con un resplandor propio de las personas con ángel, estaba la cabeza de ella e identificó la mirada más dulce que jamás hubiera soñado, mirada dulce y suave como una brisa otoñal y que muy despacio te carcome el corazón y el alma haciéndote sentir muy chiquito. Pero a pesar de que le habían extirpado el alma con una sola mirada, su orgullo pudo más. No iba a permitir que nadie y mucho menos la rubia, se diera cuenta.

De más está decir que esa clase se cortó al instante, en menos de dos minutos una maroma de gente corría desbocada hacia la puerta. Parado al lado del Gaita le dijo: – “¡Gaita, presentáme a alguien!” – “Si, quedáte tranquilo”. De forma obvia y como era de esperar, se quedó solo como loco malo, tan embarullado entre un montón de gritos y abrazos y besos, que nadie notó su presencia. En ese momento y movido por una fuerza inexplicable se dio vuelta y se percató de que la rubia se le acercaba muy decidida, un sudor frió le corrió por la columna vertebral hasta la nuca, las manos comenzaron a transpirarle, sintió que la garganta se le cerraba, pero su orgullo le decía: “No se te tiene que notar”, carraspeó tratando de aclarar la garganta, tomo aire y esperó que ella siguiera de largo. Pero el destino, vestido con las ropas del encantamiento, tenía la descomunal tarea de enfrentarlos por primera vez, y lo puso en manos de ella. Se acercó, le puso una mano en el hombro, le dio un beso y se presentó: – “Hola, yo soy Sandy” por su parte él lo único que escuchó fue el hola, ya sabía quién era y no podía creer que aquella rubia, la única persona que a él le había llamado la atención de aquel cuadro comunitario, fuera la única que notara la presencia del desconocido, porque ni sus amigos con la emoción del reencuentro lo habían percatado. Él con todo su orgullo en la mano, la admiró y le dijo: – “Yo no”.

Lo que siguió hasta el día de hoy es una larga amistad de diecisiete años, con idas y vueltas, con broncas y sin ellas, abrazos dados y por dar. De todo aquel grupo ya disuelto y como escapados de un cuento, los únicos que mantienen el contacto son ellos dos.

Fernando A. Narvaez

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2 comentarios to “Como Escapados de un Cuento”

  1. Gra said

    Ahh me emocione,porque si ese amor fue verdadero y no solo un cuento,quisiera que vuelvan a estar juntos. Los angeles tal vez ayuden.

  2. Tam said

    Pero …..me lo habia perdido entre tantos relatos no habia leido este ..tan como decirte…lindo inocente, triste…y encima “la chica” se llamaba(no se si en realidad) como yo….jejeje gracias por hacerme sentir protagonista de tus vivencias, por lo menos en la ficcion, entre comillas…

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