El ruido que produjo Amalia al caer fue seco y hueco, casi podríamos decir que se asemejó bastante al legendario “Plop” de Condorito. Cuando uno de los parroquianos llamo al SAME con su celular, el servicio médico no le dio demasiado crédito al escuchar acerca de un bar atendido por ángeles y cuyo propietario era un duende.
Iael y Joani, “recordangels” en vuelos cortos, cazaron a Amalia uno de cada brazo y la llevaron a la duna más alta de la playa para que tomase aire. Hacia allí se dirigió Raymi, mientras Tolkien “El marino” se acodaba en la barra pidiéndole a Milton un capuchino.
En el corazón del sireno - devenido en marinero - se había encendido una llama que le comía el cerebro. Fueron tan sólo dos segundos en los cuales sus ojos se cruzaron con los de aquella anciana de cabello cano y, casi sin comprenderlo, creyó ver en ella a una joven de unos 20 años a la cual ya había visto en otros tiempos, las imágenes se le agolpaban… un barco, una promesa, un pañuelo, la joven, una tormenta, una vuelta, un naufragio. La secuencia era discordante, sólo debía ordenarla: un pañuelo, un barco, una vuelta, la joven, un naufragio, una promesa, una tormenta. Se le presentaba igual que uno de los enigmas del Código Da Vinci, aunque era algo mucho más sencillo. Abandonó el capuchino y se pidió un trago “Del Duende”. Todo se aclaró: la joven, la promesa, el pañuelo, el barco, la vuelta, la tormenta… el naufragio.
No hay mucho que decir en cuanto a Amalia. Al instante reconoció en los ojos del viejo marino a quien ella había estado esperando todo ese tiempo y sintió que 60 años se le caían en la cabeza.
- Parece que el amor desmaya ¿No es así amiga Amalia?
- ¿Por qué no hay luna, Raymi?
- Aunque no la veamos la luna siempre está. La profecía habla de que la luna daría la luz para el mayor espectáculo que te hubiera tocado protagonizar
- ¿Me vas a contar de qué trata esa bendita profecía?
- A éstas alturas creo que lo mejor será que te cuente la mitad que te corresponde: “Esta noche… (acá va una interferencia por parte del COMFER) …espero que no te asuste
- Sólo me gustaría despedirme de mis hijos
- No creo que sea necesario, ellos también están en el bar
- Entonces no hay demasiado que agregar, mi querido Raymi… vamos
- Cierto, nada que agregar, pero sí mucho que sacar… sacudite la arena que me vas a ensuciar las instalaciones
La luna, tal como dijera Amalia, no era visible. Las nubes se habían encaprichado cubriéndola mientras el mar estaba sumamente calmo. La tormenta estaba por desatarse.
- ¿Qué es todo esto, Duende? ¡Hablá o cumplo mi promesa de molerte a golpes!
- Epa, epa, que ya no tenés 20, no te das cuenta que ahora tenés casi 100
- Pero el sireno más sabe por viejo que por sireno
- ¡Ja! Me “aggiornas” los refranes, lo único que te faltaba. Hay alguien que quiere verte
- ¿De qué se trata todo esto Raymi? Contéstame alguna pregunta, por favor…
- Esa es la respuesta que precisamente no tengo. Quien puede responderlo es la piel, aunque puedo adelantarte que todo está terminando, incluso la tristeza con la que te encontré hace un par de días en el mar
- Lo único que lográs es ponerme más nervioso
– ¡Eso me encanta! Debo retirarme, tenés compañía…
Tolkien se dio vuelta y vio la mujer más hermosa que hubiera soñado; si bien no había visto demasiadas, no dudó un instante al reconocerla como una sirena de cabello blanco. Amalia lo tomó de la mano, se le acercó y lo besó dulcemente. Para el marino el beso fue revelador, de golpe todo se acomodó: se vio a él mismo en un puerto sintiendo ese mismo beso y reconoció a esa dama como a la joven que agitaba su pañuelo despidiéndose de él que la saludaba desde la baranda del barco. Se le vino el recuerdo de la promesa en el muelle: “Volveré a buscarte o a quedarme”, más tarde el viaje y el regreso y, finalmente, la tormenta traicionera y el naufragio irreversible.
- 60 años esperando tu mirada – dijo Amalia con los ojos vidriosos
- El mismo tiempo pasé yo luchando contra el mar aunque mucho dolor me aqueja, para llegar hasta aquí separé a una comunidad milenaria
- Vamos a hablar a la playa más tranquilos…
La luna seguía escondida. Caminaron de la mano un largo trecho cuando un grito entre desesperado, emocionado y placentero, sacudió los sentidos de Amalia:
- ¡Mamá! Gracias por la vida que nos diste
- Gracias a ustedes por haberme permitido ser su madre
- Nosotros sabemos que serás muy feliz
- Tan feliz como lo serán ustedes y como lo fuimos hasta acá todos juntos
Mientras el abrazo de Amalia con sus hijos se apretaba cada vez más, a Tolkien se le iban cayendo los trapos blancos y, sin darse cuenta, volvía a ser el sireno joven y esbelto que supo ser. Al acercarse, a Amalia el blanco de su pelo se le fue tornando de un rubio platino brillante y los años la iban desnudando mostrando a aquella joven de 60 años atrás. Volvieron a besarse y, sireno y sirena se dieron vuelta para encarar hacia la playa en el preciso momento que Iael – un ángel del viento – soplaba el capricho de las nubes dándole lugar a la luna llena más llena de la historia. La luna vomitó su luz sobre el océano y permitió que se viera la mayor congregación de sirenas de todos los tiempos. Millones de ellas y sus cantos opacaron la música que ya nadie escuchaba y que venía del bar. Todas en la playa, juntas nuevamente, tal y como decía la vieja profecía: “La única forma de que la comunidad se vuelva a reunir es: que el amor se manifieste de manera rotunda, bella y esplendorosa.”
Y así fue.
- ¡Joani! ¿Le llevás los envases a los chinitos?
- Vos estás en pedo Duende loco, ni por decreto me pierdo a las sirenas. Además… los chinitos están borrachos en la playa. Si hasta la china está buscando a Tolkien para pedirle un autógrafo
- FIN -
Fernando A. Narvaez
Producción Genera: Gons!